Aldo Roque Difilippo
Ella era una más en la inmensa
montaña de semillas. Una más en esa pronunciada colina esperando que llegara su
momento.
Como toda semilla sabía que su mejor arma era la paciencia, que su mejor
estrategia era esperar y que el tiempo finalmente completaría la historia como
lo había hecho tantas veces. Un fruto que cae, se pudre, se reseca, es
arrastrado por el viento frío del invierno, machacado por ramas y piedras,
triturado por animales hasta liberar la pequeña, a veces única semilla que
espera en el interior su oportunidad para meterse en un hueco de la tierra y
nuevamente esperar la lluvia que la haga brotar.
Así había nacido aquella planta en medio de la espesura selvática.
Aquella otra, testaruda y solitaria en medio de la nada. Así esperó y resistió
aquel sufrido arbolito que encontró un puñadito de tierra en el hueco de una
piedra.
Aquella pequeña semilla sabía todo eso.
Esperó que el sol la secara como a sus compañeras de la colina que formó
el camión dentro del galpón. Rodó de alegría cuando el hombre con una pala las
cambió de lugar, las hizo dar vueltas por todo el galpón y volvió a acomodarse
entre sus compañeras cuando el hombre trepó lo que había armado y se empecinó
en desarmarlo y volverlo a armar.
El día que llegó el otro camión supo que el turno de muchas, y quizá el
suyo, había llegado.
Colocaron una oruga de metal que las hacía trepar para caer en el
camión.
Cuando estaba acomodándose porque su turno llegaba y ya hacía cálculos
de cual sería su nuevo destino, lo vio y le fue imposible esquivarlo. Intentó
resistirse pero es casi imposible resistirse al destino que cada uno tiene
marcado.
El pájaro la miró con sus enormes ojos marrones y la engulló de un
picotazo certero.
Poco pudo hacer el hombre. El pájaro voló hasta perderse por una ventana
del galpón.
Ella lloró sabiéndose muerta. Lloró de frustración y rabia imaginando el
futuro alejado de sus compañeras que serían esparcidas por el campo y
comenzarían a desperezarse en tallos y raíces, en hojas y flores, bailando con
la lluvia y la brisa.
Lloró en la profundidad del estómago de aquel pájaro que la había robado
de un picotazo. Lloró porque sabía que su futuro no sería como el que había
soñado y le dolió su segura muerte, lenta, oscura, húmeda, en la panza de ese
maldito pájaro ladrón. Hasta que la expulsó en un montículo maloliente y gris.
Sintió que ya nada podía pasarle. Que no tenía merecida una muerte así,
en medio del basurero donde las moscas y las ratas reinaban sin control, y
ella, una de las mas brillantes semillas de aquella colina que amontonaron en
el galpón, ahora convertida en excremento de pájaro en medio de ese basural
fétido.
Y lloró nuevamente. Lloró tanto que pareció que su ya disminuido cuerpo
otra vez se resquebrajaba. Como si se partiera en nuevos pedazos que le hacían
brotar nuevas lágrimas.
Cuando el sol llegó al centro del cielo se dio cuenta de su error y
volvió a llorar, pero esta vez de alegría. Recién ahí pudo ver su diminuta
sombra bailando al sol: un par de ramitas endebles pero verdes le habían nacido
y se movían con el viento.
Cuando tuvo su primera flor, volvió a llorar de alegría, segura de que
no había mejor lugar en el mundo para nacer y llenar de color la vida.
-----------------------------------------
*Este cuento resultó finalista en el VI CONCURSO
INTERNACIONAL DE CUENTO ECOLOGICO CIUDAD DE PUPIALES, 2007. Organizado por la Fundación Gabriel García Márquez,
el Ministerio de Cultura de Colombia y la Alcaldía Municipal
de Pupiales.
No hay comentarios:
Publicar un comentario