Llueve en Pueblo Chico
Pueblo Chico era literalmente un pueblo chico, bueno, dependiendo con qué se lo comparase. Quizá una pequeña colonia de insectos opinaría que aquel pueblo no era tan chico, pero lo cierto es que era verdaderamente chico. Apenas dos cuadras de ancho por dos de largo, o quizá a la inversa, no importa, lo cierto es que el trazado de sus calles recordaba la tradicional roseta colonial donde todo confluye a la plaza principal con su Iglesia o Catedral, su fuente y la pira bautismal donde todos los mortales pasaban por ellas para sentirse parte de aquella comunidad, y estar por fuera del cuadriculado de ese sistema es estar excomulgado de todo lo humano; o sea peor que estar muerto.
La diferencia es que Pueblo Chico no tenía ni plaza, ni Iglesia, ni Catedral y su centro era un imaginario punto en la única bocacalle sin desagüe, sin que partiera o llegara ninguna línea, pero desde su inexistente centro todo confluía y partía.
Las labores se hacían, las cosas que debían ordenarse se ordenaban, las obligaciones se cumplían y todo confluía para que todo se hiciera sin que nadie dejara de tener lo suyo. El pan sobre la mesa, la comida caliente, las sábanas planchadas, mientras el zapatero remendaba los zapatos, el carpintero se afanaba en sus maderas y en la hornallas las ollas borbotaban para llenar el estómago del que lo necesitara.
Pueblo Chico era un pueblo como cualquiera, si es que existía pueblo como cualquiera y si es que puede compararse un pueblo con algún otro siendo que los que nacían en Pueblo Chico no habían salido nunca de él, ni habían partido, ni había llegado ningún viajero, por eso se desconocía el significado de forastero, que era una de esas palabras nunca buscadas en el diccionario; pero también nadie nacía ni moría en él hacía años. El cementerio no encajaba en ese cuadriculado de sus calles y hubiera sido un esfuerzo inútil encajarlo en esa roseta de cuatro manzanas porque todas parecían estar estancadas en una edad indefinida entre la madurez y cierta eternidad resignada y boba que se negaba a avanzar. Ni el panadero, ni en carpintero, ni la comadre que barría con una escoba inacabada la única vereda que le perteneció durante toda su existencia. Parecían ni viejos ni jóvenes, ni altos ni bajos, ni demasiados felices ni resignados; simplemente estaban ahí, en sus cosas, haciendo como que hacían, simulando que vivían una vida plena y disimulando con cansina amabilidad la rutina y el tedio. En definitiva Pueblo Chico era el mejor sinónimo de vida, de los que otros llamaban vivir, una sucesión de hechos cotidianos y nimios. O acaso hay otra forma de vivir que no sea dejar que las cosas pasen sin esperar el espectáculo magnífico de un simple beso enamorado. Acaso pensaban y se convencieron que vivir era eso simple y placentero de los hechos repetidos y conocidos, y no ese abismo desafiante de lo inexplicable y nuevo.
Un día, igual y cotidiano como el anterior, llovió en Pueblo Chico. Llovió como si hubiera llovido siempre, como si la única forma fuesen los vidrios empapados los últimos calcetines colgados inútilmente de la canilla del baño y el paraguas en la mano como un sombrero enorme y tosco chocando con las ramas de los árboles o contra otro paraguas caminando a contramano.
Llovió como si siempre hubiese llovido y siguió lloviendo como si fuese la única y rutinaria forma de parecerse el día a la noche, una llovizna lenta, monocorde, que ni siquiera se atrevía a golpear con fuerza los techos de chapa pero que los empapaba y goteaba como la primera vez.
Los seres se acostumbran a todo, a desear las cosas que no se tienen, a resignarse a lo que se ha conseguido, a la soledad y el amor empapado de lo cotidiano, y también a esa llovizna que molesta pero que parece que no está porque apenas si se le ve gotear, como apenas se ve lo que forma parte de cada día y por tanto no nos sobresalta.
Llovió en Pueblo Chico, como la primera vez, como la de siempre con ese monocorde paisaje plomizo que le quedaba tan bien porque todos los colores parecen resplandecer en un cielo sin sol pero iluminado, sin el molesto contraste que provoca el sol pleno con sus sombras marcadas y sus colores vivaces.
Y siguió lloviendo hasta rebalsar, hasta que los charcos fueron uno, hasta que las botas de goma resbalaron de tanto transitar por las veredas mohosas, y fue una superficie uniforme y bella solo de agua, de vereda a vereda, por sus cuatro manzanas, de esquina a esquina que comenzó a emparejar molduras y escalones, que comenzó a emparejar hasta el horizonte mismo en una línea única y perfecta.
Y siguió lloviendo, como si nunca o si siempre lo hiciera, hasta que no hubo escalones o desniveles, hasta que democráticamente se metió en todos los rincones y recintos.
Fue ahí que todos se miraron. La mujer del carpintero se bajó de la cama y hundió sus tobillos en el agua, mientras pasaban a su lado las pantuflas y la manta del gato. La hija del fFarmacéutico, tan vieja y jovial como su padre pensó que era inútil abrir el negocio mientras por las vitrinas subía la humedad, lo mismo que en la casa del empleado de la tienda, y en la tienda, si en la piecita del fondo de la vecina de la escoba, en la bocacalle que nunca tuvo Iglesia ni plaza, en las macetas del balcón de aquella mujer solitaria que no las cultivaba porque tenía miedo que se les murieran, por eso las plantas crecían a su antojo y no se marchitaban con la escarcha por miedo a morirse y dejarla sola.
El gato de la mujer del carpintero se trepó al armario. Parecía un canario amarillo, peludo, mojado y gordo, desplumado de no cantar, aburrido de estar enjaulado, y al que le abrieron la jaula pero se había olvidado de volar.
Un ratón pasó a su lado buscando algún lugar seco pero el viejo felino no atinó ni a mirarlo, pensando quizá que matarlo significaría liquidar la última noticia de por qué estaba en aquel mundo. Qué sería en aquel pueblo de un gato sin su único ratón, intuyendo que en poco tiempo ni el tejado le quedaría como reducto exclusivo de su vida.
Y siguió lloviendo.
La mujer del carpintero avivó el fuego con pies metidos en el agua. Calentó el café, puso las tazas sobre el mantel cuadriculado y viejo, mientras se sentó al lado de su marido a beberlo sin hablar, con el mismo hastío húmedo y viejo.
El hombre de la esquina, que miraba todos los días por la ventana con su camiseta estirada por el vientre, vio pasar un par de palitos por la calle como un par de estúpidos veleros jugueteando en la corriente. El almacenero vio vuelta un par de cajones anegados y escurrió unas lechugas aún verdes. Con una tiza remarcó el precio en una pequeña pizarra, y se quedó esperado que alguien entrara, chapoteado, para atenuar el tedio. Miró sus alpargatas dibujadas bajo el agua y pensó que cuando todo se secara quizá debería comprarse unas nuevas. Para él comprarse significaba bajar un par de la estantería y dejar el dinero en la caja, para que las cosas no trastocaran el orden y su sentido; pero también pensó que si el agua bajaba y todo secaba quizá no fuera necesario tal exceso.
En la esquina una mujer parecía esperar a alguien, o quizá un milagro, con los ojos muy vivace y abiertos, alisándose cada tanto la falda empapada, mientras que en sus tobillos se enredaba la resaca junto con el agua marrón como cocoa revuelta y sin diluir en una enorme taza.
Todos los tobillos de Pueblo Chico se acostumbraron al chapoteo, incluso al frío y se fueron a dormir como siempre, sabiendo que nada sería tan terrible ni tan trágico para cambiar lo que había sido siempre así.
Y siguió lloviendo, con la persistencia de lo cotidiano, con el goteo de las cosas mundanas, y ya no fueron tobillos sino pantorrillas, después rodillas y muslos que quedaron bajo el agua. Cuando la mujer del Carpintero intentó bajarse de la cama y no pudo porque todo flotaba, sólo ahí el cambio fue dramático, y aunque nadie dio la orden o lanzó la idea, todos comenzaron a llevar sus cosas techos, y el único gato, gordo y viejo los acompañó casi como guiándolos hacia arriba.
Acomodaron mesas, sillas, y hasta colchones en los techos, mientras allá abajo el agua se espumaba haciendo flotar sombreros y cacerolas, macetas y todo lo liviano.
Las vitrinas del Farmacéutico se convirtieron en peceras hermosísimas, solo que los peces las rodeaban en vez de estar encerrados. El banco de trabajo del Carpintero parecía un barco hundido en un río de camalotes y fango. Alguien miró el espectáculo de Pueblo Chico sobre los techos y quiso pensar que hubiese sido prudente organizar la evacuación, pero hacia dónde ir, quién podría organizarla si nadie obedecía o gobernaba, si todo allí funcionaba movido por la rutina de los hechos repetidos.
Además, hacia dónde evacuar un pueblo entero que no sabe más que estar allí plantado sin cuestionarse por qué está, o cómo ha nacido.
Nadie llegaba ni partía de Pueblo Chico. Por eso nadie supo de su drama. Y se quedó ahí, en los techo amasando el pan, compartiendo el café o el vino como si siempre hubiese estado ahí, como si el techo fuese el piso; y siguió lloviendo en Pueblo Chico, una llovizna lenta y boba, monótona como los días.
Aldo Roque Difilippo



