martes, 27 de enero de 2026

 

Llueve en Pueblo Chico


Pueblo Chico era literalmente un pueblo chico, bueno, dependiendo con qué se lo comparase. Quizá una pequeña colonia de insectos opinaría que aquel pueblo no era tan chico, pero lo cierto es que era verdaderamente chico. Apenas dos cuadras de ancho por dos de largo, o quizá a la inversa, no importa, lo cierto es que el trazado de sus calles recordaba la tradicional roseta colonial donde todo confluye a la plaza principal con su Iglesia o Catedral, su fuente y la pira bautismal donde todos los mortales pasaban por ellas para sentirse parte de aquella comunidad, y estar por fuera del cuadriculado de ese sistema es estar excomulgado de todo lo humano; o sea peor que estar muerto.

La diferencia es que Pueblo Chico no tenía ni plaza, ni Iglesia, ni Catedral y su centro era un imaginario punto en la única bocacalle sin desagüe, sin que partiera o llegara ninguna línea, pero desde su inexistente centro todo confluía y partía.

Las labores se hacían, las cosas que debían ordenarse se ordenaban, las obligaciones se cumplían y todo confluía para que todo se hiciera sin que nadie dejara de tener lo suyo. El pan sobre la mesa, la comida caliente, las sábanas planchadas, mientras el zapatero remendaba los zapatos, el carpintero se afanaba en sus maderas y en la hornallas las ollas borbotaban para llenar el estómago del que lo necesitara.

Pueblo Chico era un pueblo como cualquiera, si es que existía pueblo como cualquiera y si es que puede compararse un pueblo con algún otro siendo que los que nacían en Pueblo Chico no habían salido nunca de él, ni habían partido, ni había llegado ningún viajero, por eso se desconocía el significado de forastero, que era una de esas palabras nunca buscadas en el diccionario; pero también nadie nacía ni moría en él hacía años. El cementerio no encajaba en ese cuadriculado de sus calles y hubiera sido un esfuerzo inútil encajarlo en esa roseta de cuatro manzanas porque todas parecían estar estancadas en una edad indefinida entre la madurez y cierta eternidad resignada y boba que se negaba a avanzar. Ni el panadero, ni en carpintero, ni la comadre que barría con una escoba inacabada la única vereda que le perteneció durante toda su existencia. Parecían ni viejos ni jóvenes, ni altos ni bajos, ni demasiados felices ni resignados; simplemente estaban ahí, en sus cosas, haciendo como que hacían, simulando que vivían una vida plena y disimulando con cansina amabilidad la rutina y el tedio. En definitiva Pueblo Chico era el mejor sinónimo de vida, de los que otros llamaban vivir, una sucesión de hechos cotidianos y nimios. O acaso hay otra forma de vivir que no sea dejar que las cosas pasen sin esperar el espectáculo magnífico de un simple beso enamorado. Acaso pensaban y se convencieron que vivir era eso simple y placentero de los hechos repetidos y conocidos, y no ese abismo desafiante de lo inexplicable y nuevo.


Un día, igual y cotidiano como el anterior, llovió en Pueblo Chico. Llovió como si hubiera llovido siempre, como si la única forma fuesen los vidrios empapados los últimos calcetines colgados inútilmente de la canilla del baño y el paraguas en la mano como un sombrero enorme y tosco chocando con las ramas de los árboles o contra otro paraguas caminando a contramano.

Llovió como si siempre hubiese llovido y siguió lloviendo como si fuese la única y rutinaria forma de parecerse el día a la noche, una llovizna lenta, monocorde, que ni siquiera se atrevía a golpear con fuerza los techos de chapa pero que los empapaba y goteaba como la primera vez.

Los seres se acostumbran a todo, a desear las cosas que no se tienen, a resignarse a lo que se ha conseguido, a la soledad y el amor empapado de lo cotidiano, y también a esa llovizna que molesta pero que parece que no está porque apenas si se le ve gotear, como apenas se ve lo que forma parte de cada día y por tanto no nos sobresalta.

Llovió en Pueblo Chico, como la primera vez, como la de siempre con ese monocorde paisaje plomizo que le quedaba tan bien porque todos los colores parecen resplandecer en un cielo sin sol pero iluminado, sin el molesto contraste que provoca el sol pleno con sus sombras marcadas y sus colores vivaces.

Y siguió lloviendo hasta rebalsar, hasta que los charcos fueron uno, hasta que las botas de goma resbalaron de tanto transitar por las veredas mohosas, y fue una superficie uniforme y bella solo de agua, de vereda a vereda, por sus cuatro manzanas, de esquina a esquina que comenzó a emparejar molduras y escalones, que comenzó a emparejar hasta el horizonte mismo en una línea única y perfecta.

Y siguió lloviendo, como si nunca o si siempre lo hiciera, hasta que no hubo escalones o desniveles, hasta que democráticamente se metió en todos los rincones y recintos.

Fue ahí que todos se miraron. La mujer del carpintero se bajó de la cama y hundió sus tobillos en el agua, mientras pasaban a su lado las pantuflas y la manta del gato. La hija del fFarmacéutico, tan vieja y jovial como su padre pensó que era inútil abrir el negocio mientras por las vitrinas subía la humedad, lo mismo que en la casa del empleado de la tienda, y en la tienda, si en la piecita del fondo de la vecina de la escoba, en la bocacalle que nunca tuvo Iglesia ni plaza, en las macetas del balcón de aquella mujer solitaria que no las cultivaba porque tenía miedo que se les murieran, por eso las plantas crecían a su antojo y no se marchitaban con la escarcha por miedo a morirse y dejarla sola.

El gato de la mujer del carpintero se trepó al armario. Parecía un canario amarillo, peludo, mojado y gordo, desplumado de no cantar, aburrido de estar enjaulado, y al que le abrieron la jaula pero se había olvidado de volar.

Un ratón pasó a su lado buscando algún lugar seco pero el viejo felino no atinó ni a mirarlo, pensando quizá que matarlo significaría liquidar la última noticia de por qué estaba en aquel mundo. Qué sería en aquel pueblo de un gato sin su único ratón, intuyendo que en poco tiempo ni el tejado le quedaría como reducto exclusivo de su vida.

Y siguió lloviendo.

La mujer del carpintero avivó el fuego con pies metidos en el agua. Calentó el café, puso las tazas sobre el mantel cuadriculado y viejo, mientras se sentó al lado de su marido a beberlo sin hablar, con el mismo hastío húmedo y viejo.

El hombre de la esquina, que miraba todos los días por la ventana con su camiseta estirada por el vientre, vio pasar un par de palitos por la calle como un par de estúpidos veleros jugueteando en la corriente. El almacenero vio vuelta un par de cajones anegados y escurrió unas lechugas aún verdes. Con una tiza remarcó el precio en una pequeña pizarra, y se quedó esperado que alguien entrara, chapoteado, para atenuar el tedio. Miró sus alpargatas dibujadas bajo el agua y pensó que cuando todo se secara quizá debería comprarse unas nuevas. Para él comprarse significaba bajar un par de la estantería y dejar el dinero en la caja, para que las cosas no trastocaran el orden y su sentido; pero también pensó que si el agua bajaba y todo secaba quizá no fuera necesario tal exceso.

En la esquina una mujer parecía esperar a alguien, o quizá un milagro, con los ojos muy vivace y abiertos, alisándose cada tanto la falda empapada, mientras que en sus tobillos se enredaba la resaca junto con el agua marrón como cocoa revuelta y sin diluir en una enorme taza.

Todos los tobillos de Pueblo Chico se acostumbraron al chapoteo, incluso al frío y se fueron a dormir como siempre, sabiendo que nada sería tan terrible ni tan trágico para cambiar lo que había sido siempre así.

Y siguió lloviendo, con la persistencia de lo cotidiano, con el goteo de las cosas mundanas, y ya no fueron tobillos sino pantorrillas, después rodillas y muslos que quedaron bajo el agua. Cuando la mujer del Carpintero intentó bajarse de la cama y no pudo porque todo flotaba, sólo ahí el cambio fue dramático, y aunque nadie dio la orden o lanzó la idea, todos comenzaron a llevar sus cosas techos, y el único gato, gordo y viejo los acompañó casi como guiándolos hacia arriba.

Acomodaron mesas, sillas, y hasta colchones en los techos, mientras allá abajo el agua se espumaba haciendo flotar sombreros y cacerolas, macetas y todo lo liviano.

Las vitrinas del Farmacéutico se convirtieron en peceras hermosísimas, solo que los peces las rodeaban en vez de estar encerrados. El banco de trabajo del Carpintero parecía un barco hundido en un río de camalotes y fango. Alguien miró el espectáculo de Pueblo Chico sobre los techos y quiso pensar que hubiese sido prudente organizar la evacuación, pero hacia dónde ir, quién podría organizarla si nadie obedecía o gobernaba, si todo allí funcionaba movido por la rutina de los hechos repetidos.

Además, hacia dónde evacuar un pueblo entero que no sabe más que estar allí plantado sin cuestionarse por qué está, o cómo ha nacido.

Nadie llegaba ni partía de Pueblo Chico. Por eso nadie supo de su drama. Y se quedó ahí, en los techo amasando el pan, compartiendo el café o el vino como si siempre hubiese estado ahí, como si el techo fuese el piso; y siguió lloviendo en Pueblo Chico, una llovizna lenta y boba, monótona como los días.


Aldo Roque Difilippo

martes, 20 de enero de 2026

 Para matar mi muerte

Sé bien que tú estás ahí,
esperándome:
fría, mustia, inexorable, eterna.
Que estás ahí
a la vuelta
del porvenir más próximo,
de ese futuro al que no quiero llegar,
de ese mañana al que arribaré
indefectiblemente solo,
desprovisto de todo y de todos,
del calor de la mano tendida,
del puente de esa mirada
que siempre he buscado
y me ha buscado.

Solo incluso de mí mismo,
porque cuando llegues
será acaso para completar un círculo
que acabará algo que llamo existir,
y será solamente –por lo menos eso espero–
recuerdo en las imágenes de algunos ojos
que cierta vez me acompañaron.

Yo sé bien que estás ahí
en cada cosa que hago o que no hago,
en lo que soy,
en lo que ya no podré ser,
pautando incluso estas palabras,
porque sé que mientras escribo
no estás porque yo estoy,
y eso me salva.

Qué me importa si mañana no hay rosas,
orquídeas o magnolias
para mi lápida.
Qué importa incluso que no haya lápida,
ni velas ni oración.
Qué importa
si hoy estoy aquí,
vivo, pleno y desafiante,
parado en mis pies, alzando los brazos y gritando:
¡Estoy vivo!, grito, escupo, río y pataleo;
y tú no estás.
¡Tú no estás!
Tú no estarás
incluso en el porvenir
de un tiempo ya no mío,
mientras alguien discurra en estos versos.

 

Aldo Roque Difilippo


lunes, 17 de noviembre de 2025

 

Y la vida siguió

murieron los primeros afectos

esos, que dicen ser amores ancestrales,

y nacieron otros, con sus mezquinas pasiones,

con sus rencores

porque qué es el amor más que querer para sí

lo que quizá nunca se tendrá,

como no se puede tener el sol o el aire.


Y la vida siguió, con su pequeñez cotidiana

como la sombra de un enano a las siete de la tarde

todo lo larga que puede ser la mezquindad

tan inmensa como el hambre

de quien no conoce nada

y se devora la noche,

porque el inmenso negro de un invierno

parece interminable, tan interminable.


Y la vida siguió

como siguen las cosas insondables.



Aldo Roque Difilippo

 

Hay calles en los autos

que no avanzan

porque la vida solo discurre

en la monotonía absurda

como el hilo que nos une

a lo inasible

a lo ilógico

acaso pensando en volver

sin haberse ido

y llevamos un relicario

marrón y roto

como esa mesa que ponemos

un domingo de ausencias.


La calle

esa línea inconclusa

ese bostezo en sueño.


Aldo Roque Difilippo




lunes, 11 de septiembre de 2023

 

Ya no como un muerto

Aldo Roque Difilippo


La calle, como un animal muerto, yacía larga y silenciosa bajo una luna mortecina que abrumaba de soledad la pendiente. Un gato estiró el lomo desprendiéndose de un rencor, y maulló un lamento largo que onduló en cada azotea hasta perderse en busca de aquel amor que lo enfrentó a un pendenciero y que lo dejó con las urgencias sexuales magulladas.

Lo miró desde el pretil, con la indiferencia de quien mira un drama que no le pertenece, afinó la oreja en busca de un rumor que lo aproximara a alguna presencia conocida, hasta perderse entre las chapas y el hormigón, con el lomo

plateado por la luna que se empecinaba en no caer en aquel cielo desolado y frío.


Contra la pared, ovillado, preservando apenas algunos síntomas que lo diferenciaban de algo inerte, un bulto humano temblaba o parecía temblar en la sombra que barría la vereda.

Ni un gemido. Ni un ladrido de perro. Ni siquiera el viento haciendo sonar las hojas secas. Era una suerte de foto con escasos movimientos, morosos, pesados, como un enorme animal al que le incomoda el caparazón.

El último sonido fue el chirriar de los neumáticos en los adoquines y el rebotar de aquel bulto,  pero la ciudad parecía tener todos los zaguanes sellados a la solidaridad. Una larga y cenicienta sucesión de formas que deberían ser casas pero que no exhalaban tibieza, como si estuvieran habitadas por personajes antiquísimos a los que se les olvidó encender las chimeneas, y que se fueron acostumbrando a la languidez de las sombras deslizándose por las habitaciones.

Se ovilló, más por costumbre que por frío, y siguió temblando en pequeños estertores de moribundo empedernido. No recordaba cuánto hacía del último plato de sopa caliente, de la última mirada fraternal, y por supuesto que había perdido la noción de una cama tibia o una caricia recibida con el superlativo gesto de alguien que la brinda desde las entrañas del amor, del cariño o la amistad.

Podría decirse que no era viejo pero que se desgastó sufriendo, como si hubiera vivido centurias, acuciado por dolores que lo estrangularon, con la fina y macabra sutileza de llegar hasta el límite, ni más ni menos, y cuando parecía que la muerte salvadora lo rescataría, una mano blanca, inmaculadamente viva y  siniestra, lo rescataba con una orden: ¡Basta!

En ese instante maldecía la vida, y el dolor más inaudito y sádico volvía a apoderarse de todos sus huesos, de cada resquicio de su enjuto cuerpo que quedaba tirado sobre le hormigón, respirando estúpidamente con el único cometido de sufrir.

La luna tonta como una moneda de plástico que traspasaba los barrotes para dibujar líneas en el hormigón, pequeños caminitos del dolor, que no conducían a ninguna parte.

Ayer, apenas ayer era simplemente un individuo trepándose a los ómnibus, persiguiendo una moneda que le sirviera para un pantalón nuevo, para al menos canjear por otro mes en aquella pieza donde se caía en un colchón empozado por las noches, para levantarse más cansado por la monotonía de  la agobiante semana que todavía le faltaba caminar.

Ayer, apenas ayer, tenía una novia que le despertaba las urgencias más primarias y sublimes. Tenía un horizonte, esquivo, pero horizonte al fin que lo hacían levantarse todas las mañanas con una convicción de obispo recién investido, y que lo enfrentaba al espejo para rasurarse como si fuese la primera vez y única que lo haría.

Había sido un hombre, eso creía, un individuo más en la colmena, pero un individuo al fin con sus manías y sus prisas. Ahora era algo que miraba el dibujo de los barrotes que la luna seguía mostrándole en el hormigón frío de junio.

Aguantó un remedo de llanto, pensando quizá que si lo dejaba salir sin restricciones la realidad lo pondría frente a frente con algo que quería suponer era un sueño, una asquerosa pesadilla que lo seguía hundiendo en mierda y orines, que lo insultaba y que le recorría la médula de punta a punta, con una descarga que lo hacía temblar. Después la nada, la exquisita y acogedora nada lo esperaba. Una suerte de paraíso sin colores, pero también sin dolor que efímeramente lo sacaba de todo aquello, hasta que una voz blanca y fría lo devolvía al horror: ¡Basta! gritaba el hombre delgado y él volvía de esa nada para enfrentarse nuevamente con el dolor más vivo y presente.

Dicen que los que mueren atraviesan un túnel, una suerte pasadizo donde al fondo lo espera una luz placentera. Dicen que produce cierto dolor volver de ese lugar porque los que llegan a ese punto no quieren regresar. Para él no había túnel, ni luz, ni sensación placentera. Le habían reservado la nada, y cada vez que lo sacaban boca abajo pendiendo de los pies como el pescado más absurdamente ahogado, lo devolvían a aquella monstruosidad tan cargada de vida que lo ponía cara a cara frente al dolor.

Cierta vez dejaron de insultarlo, de patearlo, y lo cargaron como el bulto que era al camión. Rebotó en un par de pozos y nuevamente rebotó cuando lo arrojaron en un baldío lleno de perros y de moscas que le parecieron amistosas. Los perros ni se le acercaron, quizá lo creyeron un desperdicio demasiado inmundo, y él se quedó ahí un buen rato bajo otra luna fría de julio o de agosto, ya no sabía pero que le parecía diferente a la del calabozo. Se arrastró, más por costumbre que por miedo y no se quejó por el dolor que lo acompañaba como un viejo amigo sordo y terco.

Caminó por ahí, sin saber dónde estaba el norte o el sur y ni una estrella salió su encuentro, pero la soledad era una cálida promesa de felicidad que se truncó al poco rato cuando otro camión verde y disneico volvió a cargarlo a patadas y puñetazos. Otras botas lo bajaron, y sus brazos acostumbrados al alambre no se resistieron cuando los juntaron por detrás desde las muñecas.

Estaba tan acostumbrado a crujir, y a gemir que le pareció hasta natural todo aquello: la falta de aire, la espina dorsal temblando por la electricidad, el frío del hormigón, el vómito de sangre, los ojos encallecidos por el trapo; y otra vez la nada, la más exquisita y pacífica nada. Y otra vez ¡basta, es suficiente! Para devolverlo a la inmundicia de vivir.

Estuvo así no supo cuánto, de la nada al insulto, de la pacifica oscuridad, del desmayo mortuorio a esta realidad de estertores e insultos…

Lo cargaron, lo tiraron, lo hundieron en humedades viscosas, y lo sacaron. Tembló y retembló de pies a cabeza hasta que se le murió la esperanza que ya no tenía y se resignó a eso como si eso fuera una forma de vivir, como si no existieran los domingos al sol, las manos de una mujer junto a la suya, el recuerdo de algo humeante cocinado por el amor filial. Hasta que otro camión o el mismo, lo tiró. No supo si era el mismo porque ya no recordaba ni la disnea, ni el crujir de los neumáticos en el canto rodado, ni cómo rebotaba y rebotó primero en el piso del vehículo y después en el adoquín. Una bota quizá, no pudo identificarlo, lo tiró y él se quedó allí.

Cayó sobre un frío distinto al hormigón, después supo que era el adoquín de la pendiente que aceleró la marcha del camión, y él se ovilló contra una sobra mientras el gato sobre el tejado maullaba sus urgencias sexuales indiferente como todos los gatos, porque no hay ser más mezquino y ególatra que un gato en celo.

La luna como testigo. El negro de la noche como techo que lo invadía todo, y el crujir de algunas hojas arrastradas por un lívido viento. Probó respirar y comprobó que estaba vivo. Amagó a moverse y pudo hacerlo. Tocó, olió, separó las manos que por costumbre las tenía a la espalda y comprobó que el alambre ya no estaba; y se deslizó en silencio, ya no como un muerto.

 

miércoles, 1 de febrero de 2023

 Una ciudad al  borde  del río

un ocaso que no es muerte ni es el fin,

y la tímida  luz resistiéndose a dormir.

 

Abajo el agua que no es el cielo,

arriba  el cielo, empedrado y vil.

Porque la tarde  muere como mueren las cosas,

con el silencio de lo mínimo,

como la ausencia…

acaso como el vivir.

 

Una ciudad  al borde del río

un azul que no es azul ni es añil,

y  una delgada  figura, sinónimo de resistir.

 

Aldo Roque Difilippo

 

 

 

miércoles, 18 de mayo de 2022

 

El monstruo

 

  -Maldito monstruo asesino! -gritó desesperado entre estertores convulsivos.


Del otro lado del pulverizador la mujer sonreía. Había conseguido liquidar la última cucaracha.

Acrílico  y lápiz sobre papel