Para matar mi muerte
Sé
bien que tú estás ahí,
esperándome:
fría, mustia,
inexorable, eterna.
Que estás ahí
a la vuelta
del porvenir
más próximo,
de ese futuro al que no quiero llegar,
de ese
mañana al que arribaré
indefectiblemente solo,
desprovisto de
todo y de todos,
del calor de la mano tendida,
del puente de
esa mirada
que siempre he buscado
y me ha buscado.
Solo
incluso de mí mismo,
porque cuando llegues
será acaso para
completar un círculo
que acabará algo que llamo existir,
y
será solamente –por lo menos eso espero–
recuerdo en las
imágenes de algunos ojos
que cierta vez me acompañaron.
Yo
sé bien que estás ahí
en cada cosa que hago o que no hago,
en
lo que soy,
en lo que ya no podré ser,
pautando incluso estas
palabras,
porque sé que mientras escribo
no estás porque yo
estoy,
y eso me salva.
Qué
me importa si mañana no hay rosas,
orquídeas o magnolias
para
mi lápida.
Qué importa incluso que no haya lápida,
ni velas
ni oración.
Qué importa
si hoy estoy aquí,
vivo, pleno y
desafiante,
parado en mis pies, alzando los brazos y
gritando:
¡Estoy vivo!, grito, escupo, río y pataleo;
y tú
no estás.
¡Tú no estás!
Tú no estarás
incluso en el
porvenir
de un tiempo ya no mío,
mientras alguien discurra en
estos versos.
Aldo Roque Difilippo
No hay comentarios:
Publicar un comentario