jueves, 6 de febrero de 2014
Esperanzas
¿Qué hacen las flores por las noches
con todo su color?
¿Que hacen sus azules y sus rojos,
la luz de pétalos y formas?
Heridas por lo oscuro
algunas cierran sus destellos
para amanecer llorosas de rocíos.
¿Dónde queda su fulgor
¿Insistirá su luz
ante lo oscuro,
o esperaran quiméricas
como chicharras coloridas,
pregonando nuevas primaveras
con novísimos colores?
Aldo Roque Difilippo
Isla Negra
9/363
casa de poesía y
literaturas - Noviembre – 2013-
lunes, 23 de septiembre de 2013
EL TAXISTA CULTO Y POCO FISONOMISTA
ALDO
ROQUE DIFILIPPO
A
veces los escritores son protagonistas involuntarios de situaciones
surrealistas, quizá porque se pasan la vida jugando con la magia o los demonios
de las palabras. Cierta vez Borges tomó un taxi, y para su sorpresa se encontró
con un taxista culto que no demoró en reconocerlo y profesarle su admiración.
"¡Que suerte!", habrá pensado don Jorge Luis, "siempre es
reconfortante encontrarse con un hombre lector", y se recluyó en su
timidez abrumada por la ceguera.
-
Usted no sabe cuanto lo admiro -repetía el taxista sin cansarse de declararle
su idolatría mirándolo por el espejo retrovisor.
El
anciano sabio apenas si dijo: "Gracias; muchas gracias", con
sus
manos nerviosas en el bastón.
-
¿Cuanto le debo? -preguntó al terminar el viaje.
- ¡No!...
¿Cómo voy a cobrarle a usted señor Sábato?
Este
cuento también fue publicado en:
sábado, 9 de marzo de 2013
Pequeño divague
de cosas obvias
UNA GRIFA CON UN
NOMBRE
Aldo Roque
Difilippo
Hay individuos
que son tales por sus cualidades, por sus atributos que van más allá del aspecto físico o cómo
luzcan. Hay individuos que no pueden ser si
no están atados a un color, a determinada indumentaria, o si no se
cuelgan una grifa en el cuello.
Ayer miraba
pasar a un individuo X (si es que alguien puede apellidarse X), y noté que era
un hombre con cuatro ruedas, que su condición
humana y gregaria se la debía a esas cuatro ruedas relucientes que
rodaban orgullosas.
Vi pasar también
a una señorita, que hubiera sido la más
hermosa jamás vista, si no fuera que llevaba una grifa colgada al cuello,
exageradamente grande y ostentosa.
Vi pasar también
a una señora mayor detrás del pedrigue de un perro que la sacó a pasear por la
rambla, para mostrarle a todos la nueva y hermosa cadena que le compró.
Más tarde un
señor, con porte de caballero no porque
estuviera dispuesto a enfrentar adversidades por su dama, sino porque
cabalgaba altivo, casi hidalgo sobre un reluciente bicicleta que lo convenció
de ser la solución para bajar de peso, pero que mas lo sedujo al decirle que
las mujeres morirían a sus pies si pedaleaba en ella y no en otra.
Más allá un niño
que sacaba lustre con un pañuelo a la marca de
sus championes nuevos, y despreciaba
jugar al fútbol o correr por miedo a estropearlos. Y yo que, sentado en
un banco también tenía mis grifas colgadas y mis inútiles marcas sociales pegadas
como una sombra.
Pensé que quizá
sería bueno armar una nueva revolución para subvertir las imposiciones pero
pasó a mi lado un joven, termo y mate en
mano, luciendo orgulloso una remera con la imagen estampada del “Ché” y una
grifa colgada al cuello.
La grifa de otro
individuo que pasó por la vereda de enfrente centelleaba como un faro, y
aparecieron luces de advertencia de millones de grifas que circularon a mi
alrededor: en un hombre con cuatro ruedas, en un niño en su cochecito, en el
anciano arrastrado por su bastón; y hasta en el policía que observaba cómo
circulaban los vehículos.
Comprobé
resignado que somos seres pegados a etiquetas. Que somos por que lucimos y nos
hace lucir mejor una grifa luminosa y novísima.
Ayer, sentado en
mi banco en la plaza, vi el transitar de
grifas y de marca; y no encontré repuestas. Más tarde compré una marca y
me bebí un refresco.
Pequeño divague
de cosas obvias
EL NUEVO CIRCO
ROMANO
Aldo Roque
Difilippo
La multitud
continúa asistiendo embelesada al descuartizamiento de infelices en el cadalso público. El garrote vil sigue ufano por los siglos, repartiendo su
cuota de dolor y morbo, mientras la horda enardecida incita al verdugo. Solo que ahora es
rectangular y luminoso, pero no solo romperá cuellos para el goce de la
masa, sino que también habrá sangre y
huesos, carne chamuscada en un incendio, y hasta llanto de niños y viejos
desconsolados.
Todos los días
asistimos a ese maravilloso y morboso espectáculo de ver a otros morir o
padecer en situaciones que parecen no
pertenecernos, en un espectáculo -que como en le Circo romano- le pasa a una
casta inferior de la cual su dolor no
nos llega. Mientras engullimos el almuerzo o la cena, retamos los niños porque hacen ruido y no nos dejan
disfrutar del espectáculo, solo que ahora la modernidad llama estar informados,
y hasta se convierte en un derecho nuestra necesidad de que los informativos
nos vomiten diariamente sangre y lágrimas.
El nuevo Circo
romano ahora lo tenemos en casa, frente a la mesa familiar, en nuestro cuarto,
y hasta algún obsesivo lo ha colgado en el baño.
Nuestras
obligaciones diarias nos llevan a estar informados, a saber qué pasó en nuestro
entorno, pero nadie, ni el más humano de los humanos, se ha preocupado de
redactar nuestras obligaciones hacia el dolor de nuestros congéneres. Nos han recordado nuestros
derechos: a una vida digna, a la libertad, a
no ser discriminados... pero no
nos han recordado, y quizá necesitemos que
nos recuerden nuestras obligaciones, o quizá una obligación mínima pero
fundamental: el sentir como propio el dolor del otro.
Aquel individuo
que en el Circo romano comía su pan mientras la arena se teñía de sangre, o
aquel otro que en Francia, España o donde fuera, vitoreaba al verdugo de
la inquisición, más que nuestro abuelo
somos nosotros mismos que sentados a la mesa familiar bebemos, comemos, y hasta
reímos mientras en ese Circo romano rectangular y luminoso un individuo que no
reconocemos como nuestro congénere, gime, sufre, y hasta sangra de dolor.
Pequeño divague
de cosas obvias
EL
BICHO HUMANO
Aldo Roque
Difilippo
El bicho humano
se esfuerza -y a veces lo
consigue- en convertirse en el
líder de la manada. Ejerce su cuota parte de poder sobre el más débil, marca su
territorio con un par de ladridos o una actitud desafiante y toma lo que ganó
por derecho de la fuerza. Así desde el tiempo del pitecantropus hasta la
sofisticación de este tercer milenio plagado de relaciones interpersonales,
computadora o SMS mediante, el bicho humano actúa de la misma manera. La madre
presionando a su cría “civilizándolo” a fuerza de premios y castigos: si
hacés tal cosa obtenés tal otra, si no lo hacés estarás más lejos de la salida
sabatina, de acceder a la nueva remera de moda, o al dinero suficiente para
recargar el celular. El hijo presionando a la madre, “civilizándola” a su modo,
simulando una posición de doblegado para obtener lo que quiere: si paso de año me comprás tal cosa, me
pagás el viaje a la playa, me está permitido quedarme hasta tarde en la compu; a dormir en la casa de un amigo.
La mujer muchas
veces con sutilezas y otras directamente, presiona a su marido para obtener lo
que quiere, quien a su vez se siente
el macho de la manada, altivo, desafiante, sin saber o no queriendo reconocer,
que esa sumisión de la hembra ante la fuerza del macho es solamente un
camuflaje para dominarlo, y ese mismo macho dominante es dominado, doblegarlo y
hasta sometido por otro macho alfa que a veces ni siquiera es macho ni tiene
rostro porque las órdenes le llegan del otro de lado de la pantalla de la
computadora, y él corre literalmente a cumplirla.
Es decir el
macho “civilizador” es “civilizado” por otro con esa doble condición,
seguramente sin conocer o sin que exista uno enteramente civilizador y dominante.
En este
invento de los humanos que en apariencia
no tiene autor, los pitecantropus del tercer milenio nos esforzamos por
procurar la mejor piel, la nueva lanza u otra choza, muchas veces sin
precisarla, sin reparar que ya tenemos varias y que no usamos ninguna, pero no
importa, corremos igual, dejamos energías, músculo y sudor en conseguir lo que
ya tenemos y no precisamos.
El bicho humano
parece no poder resistirse a esto. A ese doble papel dominador -dominado, de
sometido que desde una aparente posición inferior consigue pequeñas victorias y
ejerce su cuota parte de poder.
Enfrentarnos a
un mostrador de una oficina pública es someternos a ese perverso mecanismo
donde el sometido que nos atiende simula una superioridad que él y nosotros
sabemos que no tiene, pero que aceptamos, que a veces logramos doblegar con una
sonrisa, un “buen día” (estrategias de experientes doblegados que saben que
simular inferioridad a veces abre algunas puertas), y que en otras
oportunidades vencemos exhibiendo una lanza o una maza más fuerte: si Usted no
me soluciona esto llamo a Señor Fulano, y él tomará las medidas que corresponda
con Ud. o sus superiores.
Y ese Señor o
Doctor Fulano a su vez tiene sus machos alfa que lo someten y lo convierten
en súbdito.
Aunque nos cueste
reconocerlo seguimos viviendo en manadas regidas por el más fuerte, por machos
alfa que deciden dónde debemos ir, qué o cuándo comer, o que piel precisamos para abrigarnos.
Seguimos siendo
los mismos pitecantropus del comienzo, aunque a veces el macho alfa no tenga
rostro.
lunes, 19 de noviembre de 2012
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