sábado, 12 de abril de 2014


Foto Carné

Una esquina
donde alguna vez
esperamos a nadie.
Hojas cayendo
de un árbol
de una infancia
en blanco y negro.
El olor a bizcochos
desde la puerta
de una panadería
a la que nunca entramos
por un bolsillo
anémico de todo tintineo.
Un amor o la caricia
dejada en un rostro
o en nosotros mismos.
La sombra de algún alguien
que nos quiso, o dijo querernos.
Lo que fuimos
o ideamos haber sido.
La baldosa renga
que tropezó al zapato escolar.
Lo que fuimos, lo que somos.
El que antes fui
o creí serlo.
El que ahora soy
y no acierto a definirlo.

Aldo Roque Difilippo


Publicado en  revista
Isla  Negra 10/374
casa de poesía y literaturas 
abril – 2014- 

jueves, 6 de febrero de 2014


 Tus calzones sin Montmartre


No cuelgues tus calzones en la ventana, amada mía.
Si vivieras en Montmartre, vaya y pase todavía.
Pero estás aquí, al Sur del Sur, y no eres
ni la amante, ni la novia de un artista
de vanguardia o decadentista.
No cuelgues tus calzones en la ventana, amada mía,
exhibiendo tus miserias y las mías.
Los calzones en Montmartre, amada mía,
tienen otro color, hablan de bohemia,
donde la mugre es otra mugre;
y aunque rotos por el viento
hacen pensar en el artista, el proxeneta o su amante,
y su amor de hipadas orgías;
donde todo, hasta el sudor es poesía.
Los calzones en Montmartre, amada mía,
son, ya lo he dicho, distintos a los tuyos
colgados de nuestra ventana tercermundista.
Tus calzones sin Montmartre, amada mía,
dan pena, o peor, dar risa.
Triste espectáculo, caricatura atroz de nuestras vidas.
Son calzones, nada más, colgados como andrajos sin poesía.
No están -cuesta decirlo, amada mía-
ni en Montmartre, ni en Montarnasse, ni en Venecia;
ni siquiera en la maloliente y promiscua Boca bonaerense.
Están aquí, al Sur del Sur, interior del interior
más ruin y chato; el balcón del fondo de América Latina.


 

Aldo Roque Difilippo

 
Isla Negra 9/369
casa de poesía y literaturas
enero – 2014-                                                                           


Lanusei,Italia     

Cada uno


Cada mundo es un Hombre
cada Hombre es un mundo
en su complejidad.

Cada Hombre es un mundo
cada mundo es un hombre
en su simplicidad.

"Mujer azul", técnica mixta, 2002-
Aldo Roque Difilippo

Aldo Roque Difilippo





Isla  Negra 9/364

casa de poesía y literaturas
 Esperanzas


¿Qué hacen las flores por las noches
con todo su color?
¿Que hacen sus azules y sus rojos,
la luz de pétalos y formas?
Heridas por lo oscuro
algunas cierran sus destellos
para amanecer llorosas de rocíos.
¿Dónde queda su fulgor
perfumador de vida?
¿Insistirá su luz
ante lo oscuro,
o esperaran quiméricas
como chicharras coloridas,
pregonando nuevas primaveras
con novísimos colores?

Aldo Roque Difilippo




Isla  Negra 9/363
casa de poesía y literaturas - Noviembre – 2013-

lunes, 23 de septiembre de 2013

EL TAXISTA CULTO Y POCO FISONOMISTA


ALDO ROQUE DIFILIPPO



A veces los escritores son protagonistas involuntarios de situaciones surrealistas, quizá porque se pasan la vida jugando con la magia o los demonios de las palabras. Cierta vez Borges tomó un taxi, y para su sorpresa se encontró con un taxista culto que no demoró en reconocerlo y profesarle su admiración. "¡Que suerte!", habrá pensado don Jorge Luis, "siempre es reconfortante encontrarse con un hombre lector", y se recluyó en su timidez abrumada por la ceguera.
- Usted no sabe cuanto lo admiro -repetía el taxista sin cansarse de declararle su idolatría mirándolo por el espejo retrovisor.
El anciano sabio apenas si dijo: "Gracias; muchas gracias", con
sus manos nerviosas en el bastón.
- ¿Cuanto le debo? -preguntó al terminar el viaje.
- ¡No!... ¿Cómo voy a cobrarle a usted señor Sábato?



Este cuento también fue publicado en: 

sábado, 9 de marzo de 2013


Pequeño divague de cosas obvias







UNA GRIFA CON UN NOMBRE



Aldo Roque Difilippo

Hay individuos que son tales por sus cualidades, por sus atributos que  van más allá del aspecto físico o cómo luzcan. Hay individuos que no pueden ser si  no están atados a un color, a determinada indumentaria, o si no se cuelgan una grifa  en el cuello.
Ayer miraba pasar a un individuo X (si es que alguien puede apellidarse X), y noté que era un hombre con cuatro ruedas, que su condición  humana y gregaria se la debía a esas cuatro ruedas relucientes que rodaban orgullosas.
Vi pasar también a una señorita, que  hubiera sido la más hermosa jamás vista, si no fuera que llevaba una grifa colgada al cuello, exageradamente grande y ostentosa.
Vi pasar también a una señora mayor detrás del pedrigue de un perro que la sacó a pasear por la rambla, para mostrarle a todos la nueva y hermosa cadena que le compró.
Más tarde un señor, con porte de caballero no porque  estuviera dispuesto a enfrentar adversidades por su dama, sino porque cabalgaba altivo, casi hidalgo sobre un reluciente bicicleta que lo convenció de ser la solución para bajar de peso, pero que mas lo sedujo al decirle que las mujeres morirían a sus pies si pedaleaba en ella y no en otra.
Más allá un niño que sacaba lustre con un pañuelo a la marca de  sus championes nuevos, y despreciaba  jugar al fútbol o correr por miedo a estropearlos. Y yo que, sentado en un banco también tenía mis grifas colgadas y mis inútiles marcas sociales pegadas como una sombra.
Pensé que quizá sería bueno armar una nueva revolución para subvertir las imposiciones pero pasó a mi lado un joven, termo y mate  en mano, luciendo orgulloso una remera con la imagen estampada del “Ché” y una grifa colgada al cuello.
La grifa de otro individuo que pasó por la vereda de enfrente centelleaba como un faro, y aparecieron luces de advertencia de millones de grifas que circularon a mi alrededor: en un hombre con cuatro ruedas, en un niño en su cochecito, en el anciano arrastrado por su bastón; y hasta en el policía que observaba cómo circulaban los vehículos.
Comprobé resignado que somos seres pegados a etiquetas. Que somos por que lucimos y  nos  hace lucir mejor una grifa luminosa y novísima.
Ayer, sentado en mi banco en la plaza, vi el transitar de  grifas y de marca; y no encontré repuestas. Más tarde compré una marca y me bebí un refresco.




Pequeño divague de cosas obvias














EL NUEVO CIRCO ROMANO






Aldo Roque Difilippo




La multitud continúa asistiendo embelesada al descuartizamiento de infelices  en el cadalso público. El garrote vil  sigue ufano por los siglos, repartiendo su cuota de dolor y morbo, mientras la horda enardecida  incita al verdugo. Solo que ahora es rectangular y luminoso, pero no solo romperá cuellos para el goce de la masa, sino que también habrá  sangre y huesos, carne chamuscada en un incendio, y hasta llanto de niños y viejos desconsolados.
Todos los días asistimos a ese maravilloso y morboso espectáculo de ver a otros morir o padecer en situaciones que  parecen no pertenecernos, en un espectáculo -que como en le Circo romano- le pasa a una casta inferior de la cual  su dolor no nos llega. Mientras engullimos el almuerzo o la cena, retamos  los niños porque hacen ruido y no nos dejan disfrutar del espectáculo, solo que ahora la modernidad llama estar informados, y hasta se convierte en un derecho nuestra necesidad de que los informativos nos vomiten diariamente sangre y lágrimas.
El nuevo Circo romano ahora lo tenemos en casa, frente a la mesa familiar, en nuestro cuarto, y hasta algún obsesivo lo ha colgado en el baño.
Nuestras obligaciones diarias nos llevan a estar informados, a saber qué pasó en nuestro entorno, pero nadie, ni el más humano de los humanos, se ha preocupado de redactar nuestras obligaciones hacia el dolor de nuestros  congéneres. Nos han recordado nuestros derechos: a una vida digna, a la libertad, a  no ser discriminados... pero  no nos han recordado, y quizá necesitemos que  nos recuerden nuestras obligaciones, o quizá una obligación mínima pero fundamental: el sentir como propio el dolor del otro.
Aquel individuo que en el Circo romano comía su pan mientras la arena se teñía de sangre, o aquel otro que en Francia, España o donde fuera, vitoreaba al verdugo de la  inquisición, más que nuestro abuelo somos nosotros mismos que sentados a la mesa familiar bebemos, comemos, y hasta reímos mientras en ese Circo romano rectangular y luminoso un individuo que no reconocemos como nuestro congénere, gime, sufre, y hasta sangra de dolor.