jueves, 18 de junio de 2015

El cubil


Aldo Roque Difilippo


En el inicio todo estaba tranquilo, callado, sereno. La lluvia caía, el viento soplaba, el sol iluminaba, y la vida discurría monótona, como el goteo del agua en una fuente. Y el Hombre dijo: "No está  bien que estemos solos. No está  bien tener frío en el invierno y calor en el verano, mojarnos cuando llueve..."
"La ciudad" óleo sobre fibra (0,90 x 0,80 cn)
Después juntó piedras, palos y barro, construyendo pequeñas madrigueras artificiales que se apiñaron. Un Hombre y otro Hombre se juntaron, uniendo músculos y sudores, cantando canciones que recién le nacían de los labios, mientras la piedra y el barro tomaba forma, mientras la madera se impregnaba del sonido de aquellos cantos recién paridos, formando vigas y armazones propiciadores de sueños donde nacerían otros seres que también cantarían levantando paredes en aquel ritual primigenio.
Cuando no hubo mas palos, piedras o barro por apilar, los Hombres descansaron, secándose el sudor a la sombra de lo que habían construido.
"El barrio de Eustaquio", óleo sobre fibra (0,40 x 060 cn)
Primero fue el tumulto de cuerpos acunando sueños insestuosos, promiscuos. Después fue "Casa solar" regida por el patriarcado de unos ojos altaneros y el sonar de cacerolas matriarcales atizando el fuego de un caldo espeso, de aroma penetrante, como esos amores circunspectos que no se cortan ni con la muerte. Fue también un conventillo, casas dentro de una gran casa, donde las mujeres parían su progenie en camas de hierro, y los hombres hacían nacer nuevos sueños con acordeones y guitarras.
Las hubo de Dios. Casas donde la espiritualidad manaba del incienso y el vino compartido. También las del comercio y la moneda. Las de asilar soledades geriátricas. Las que apiñaron manos y pies pequeñitos, descalzos de amor, en una orfandad de caricias y besos. Las hubo tolerantes al beso o al sexo furtivo, oculto en la noche. Las de paso en un camino, con el fuego siempre encendido y una mesa modesta esperando mitigar el hambre, la sed, o el frío; salpicando de encuentros la soledad del camino.
"Ciudad en amarillo", óleo sobre fibra (0,30 x 0,22 cn)
Encuentro de Pintores, Chapicuy
(Paysandú) , 2010
Después sólo casas, a secas, reducidas. Habitáculos ínfimos para dormir o comer, apiñados en panales donde abejas humanas apenas si reponían fuerzas en colchones empozados ante la fatiga diaria que los hacía correr durante toda la jornada, persiguiendo al esquivo sustento, el amor, o los sueños relegados en una esquina infantil, cuando el hambre o necesidades carentes de espíritu les imprimieron un nuevo rumbo al destino.
Pero a la sombra de un árbol añoso, o al rescoldo de un sueño dormido, siempre estará  esperando una casa, con sus cuentos de abuelos, o manos de madres secándose en el delantal, siempre a la espera del abrazo festivo del reencuentro; y habrá  también un patio, con su parral de sombra tupida, un limonero, quizá  alguna quinta y un ciruelo o un naranjo, esperando al niño que prefirió treparlo antes que ir a sestear.






domingo, 28 de diciembre de 2014

Una nada

Hay una esquina esperando
porque gires el rumbo
porque des vuelta la vista
porque mires atrás.
Hay una excusa, una duda
un segundo, una nada
que te abraza y te increpa
que te obliga a pensar.
Hay una esquina,
un segundo, una duda
una nada
esperando que llegues

para hacerte cambiar. 

Aldo Roque Difilippo
"Noche", óleo sobre fibra, Aldo Roque Difilippo

viernes, 8 de agosto de 2014

En este momento

 

Aldo Roque Difilippo

 

En este preciso momento

con la vida golpeándole
en el alma
dos dementes del amor
estarán naciendo a alguien
en una cama.
En este momento,
en las antípodas

o aquí mismo,

algún alguien
afilará su discurso
Ilustración: Ángel Juárez Masares
que partirá el dos
el corazón de una virgen
o una anciana .
En este momento,
exactamente, 
un beso suplirá todo lo que falta,
y habrá cuerpos devorando abrazos;
y yo aquí escribiendo,
en este momento
exactamente
quedándome en ti
en cada palabra.




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Una mujer casi mía

  

Aldo Roque Difilippo


Hay una mujer desnuda

colándose en mi sopa,
levanto la cuchara
y chorrean
sus piernas delgadas
y sinuosas.
Hay una mujer desnuda
girando en el café.
Una mujer morena
-quizá la única
porque todas son rubias-
con sus labios desnudos
y sus muslos
azabaches en medio de la taza.
Hay una mujer desnuda
en mi ventana,
en el jabón, en el azúcar;
y hasta en la espuma de afeitar
que no utilizo
quizá por miedo
a que me bese y me la trague.
Hay una mujer desnuda
rubia, subyugante,
otra pelirroja y tentadora,
pocas veces morocha
y muchos menos amarilla o cobriza
-como me hubiera gustado-
metiéndose en todas mis visiones
mirándome por todos los anuncios
contorneando sus caderas en la pantalla
para que crea –y yo siempre le creo-
que seré mejor, más bueno, quizá hermoso,
si la busco en cada lata de cerveza,
si la beso en cada vino, en cada helado
que termino bebiendo sin pensarlo.
Sigue mirándome con sus ojos de vidrio
desde el televisor, y yo le creo:
que el mundo será mío si la sigo,
que la tendré, desnuda y en tercera dimensión
sobre la cama
con cada quilo de jabón que llevo
sin saber siquiera si algún día
podré reparar mi viejo lavarropas.
 Y yo le creo.
 ¿Quién podría no creerle
a una mujer desnuda hablándote al oído?






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miércoles, 4 de junio de 2014

Esquinas

Aldo Roque Difilippo




En la punta de la boca
viaja el beso
de la madre hasta el hijo,
del amante a la pasión.
En la punta del labio,
en el vértice de la vida,
en la esquina de la ausencia,
viajan labios apretados,
retorcidos de dolor.
Y el insulto o el agravio
repta hiriente
de la sombra oscura y sin amor.
Pero siempre habrá
en alguna esquina
labios meciendo cunas,
preñados de congénitos amores,
inundando la vida y los rincones,
de recuerdos que acarician;
de la punta de la boca
al corazón.

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